SMART CITIES Y CIUDADES DEL FUTURO

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Fue en las jornadas de innovación urbana Agora 2015 que se desarrollaron en ese mismo año en San Sebastian donde escuche por primera vez una charla sobre ciudades inteligentes, y aunque personalmente supuso un primer esbozo sobre el tema, marcó una visión que me ha sido muy útil en posteriores procesos de aprendizaje. Hoy me veo con facultades de poder escribir un capítulo sobre el tema. El objetivo de este articulo no es más que expresar mis reflexiones particulares y escuchar las voces de aquellxs que han ayudado a formar mi propia postura ante este concepto.

Smart city es un término que ha ganado mucha popularidad en los últimos años, pero a la par nos encontramos con otros tantos, como el interesante ciudades resilientes. Mientras que la primera promueve el uso de tecnologías de la información para mejorar la calidad de vida en las ciudades, la segunda pone énfasis en la capacidad de la ciudad y sus habitantes para adaptarse a los cambios (Marta Suarez, 2017). Si desde la gobernanza se quiere hacer un uso responsable de “Smart City” se debe asumir que se trata de un concepto complejo, dinámico, con múltiples actores y niveles.

El debate se sustenta en dos fenómenos que surgen cuando en ocasiones  oímos hablar de este concepto. La primera seria discutir la banalización de la ciudad en la que pueden caer muchas estrategias. Hablamos de cuando la tecnología se presenta con ideas erróneas a soluciones de problemas actualmente resolubles. Como ejemplo tenemos el uso de cámaras de seguridad. La segunda seria tratar de señalar la espectacularización de la tecnología en muchas representaciones de las Smart City. No en vano, en tantas y tantas representaciones de la ciudad vemos la sonada ausencia de las personas.

“Si la tecnología es la solución, cuales son las preguntas?” planteaba Manu Fernandez en aquella charla en el contexto de Agora 2015. Os respondo con ciertas claves que personalmente tengo en cuenta a la hora de reflexionar sobre estrategias Smart para nuestras ciudades.

  1. En primer lugar, poner siempre en cuestión las acciones o proyectos que tengan la eficiencia como fin. Aquellas iniciativas que van dirigidas a hacer más eficiente un proceso, son por supuesto interesantes si son realizables. Sin embargo, aquellas que contengan un “porqué” más amplio que la pura eficiencia, serán las propuestas de mayor riqueza y con impactos más positivos.

¿Acaso todo lo que tiene lugar en la ciudad tiene que ver con la eficiencia? ¿La calidad de vida se obtiene siempre a través de la eficiencia? Evidentemente no.

  1. Por otro lado, siempre debemos exigir un uso riguroso de la palabra sosteniblidad. La palabra en cuestión es utilizada con una ligereza pasmosa en ocasiones. Aprovechando este punto querría señalar aquellos casos que nos descargan de la responsabilidad de los procesos con el riesgo de fomentar un uso inconsciente y a veces más perjudicial económica, social o ambientalmente. Un clarísimo ejemplo serian las casas domóticas.
  2. Simplificar no será el objetivo. Aunque una estrategia smart bien ideada nos permita comprender los procesos que se dan en la ciudad con medios más comprensibles y visuales se debe asumir que la ciudad es un problema complejo y que tendrá que ser tratado como tal.
  3. Y finalmente, continuando el punto anterior, las estrategias no deben ser entendidas como la vía hacia una gestión despolitizada. El mayor manejo de datos permitirá una toma de decisiones cada vez mas fundamentada pero estas decisiones seguirán traduciéndose en responsabilidades políticas. De igual forma, no debemos olvidar que la tecnología no está exenta de carácter político, pues un mismo invento puede tener impactos muy diversos en la población dependiendo de su diseño.

Un ejemplo paradigmático son los puentes que Robert Moses diseño en la década de los 30 en las autopistas de Nueva York hacia Long Island para que el transporte público no pudiera tener acceso y así evitar el paso de las clases populares más desfavorecidas y especialmente a la población negros.

Al fin y al cabo son procesos de innovación, que incorporan altas dosis de experimentación y de construcción abierta y colaborativa de las propuestas de la ciudad. La participación de los ciudadanos, empresas, universidades, centros de I+D  e instituciones es fundamental para su éxito. El reto consiste en lograr una transición de las formas de funcionar actuales hacia sistemas más sostenibles e inteligentes.

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